Que lindo Guanajay
      Saturday, Jul 22 2017 - 


Artículos periodísticos

Llevaba muchos meses esperando recibir los documentos y creía estar preparado para todo. Michael Welzels había crecido en la Alemania comunista de los años 60 sin padre, un disidente desaparecido, y tras la caída del Muro solicitó los archivos que la policía del Ministerio de Seguridad, la temida y omnipresente Stasi, había reunido sobre su familia. Se había prometido a sí mismo no llorar, pero no imaginaba que al abrir la primera carpeta esbozaría una tierna sonrisa. El documento número uno de su expediente era la copia de una carta de amor escrita a lápiz que, cuando tenía ocho años, dedicó a una niña de su misma clase.

Tanto Michael como su hermana fueron espiados muy de cerca durante toda su vida. Tras varios intentos de fuga de la cárcel, su padre fue uno de los presos «comprados» por la República Federal, la Alemania del oeste, y terminó huyendo a Bélgica y España, donde se hizo pasar por ciudadano polaco y murió ejecutado en 1974, condenado por matar a un policía. El material que contienen las polvorientas carpetas color sepia no permite asegurar si fue una víctima o si estaba a su vez espiando en España, pero sí reconstruye con todo detalle el día a día de sus hijos en la RDA: transcripciones de conversaciones con amigos, notas escolares, fracasos amorosos, historial médico… datos todos ellos reunidos por informantes infiltrados en la escuela, en el equipo de ajedrez, entre su familia más cercana… «¿Ha visto la película “La vida de los otros”?, pues aquí está escrita La vida de mí mismo», bromea.

Estas carpetas, junto a millones de expedientes más, permanecen custodiados en un fantasmagórico edificio del distrito berlinés de Freidrischein, en el que todavía 1.600 empleados se dedican a tiempo completo a atender las peticiones de ciudadanos que acuden a reconstruir su pasado. Durante los 25 años de apertura al público, ha recibido más de 3,1 millones de peticiones. Solo el año pasado se registraron 48.634 solicitudes, cifra muy alejada de la avalancha de 1992, cuando más de medio millón de personas pidió acceder a las actas. Entonces el archivo empleaba a cerca de 4.000 trabajadores. «No hacemos este trabajo solo para Alemania», dice su hoy director, Roland Jahn, «en los archivos aparecen fichas relacionadas con más de 40 países sobre cuya historia también pueden arrojar mucha luz».

Toneladas de papel

Las fichas a las que se refiere son más de 41 millones de tarjetas adjudicadas a un nombre o nombre en clave, que a su vez contienen referencias a las carpetas que sobre ese nombre se guardan en diferentes departamentos del archivo, clasificadas de acuerdo a 700 códigos de codificación tan diversos como «Distrito de residencia», «Profesión», «Fútbol» o «Consumo de productos importados». En total, más de 62.500 toneladas de papel. Para reunir todo ese material, la Stasi llegó a contar con 91.000 espías en nómina, 170.000 «colaboradores extraoficiales» y más de 300.000 informantes civiles, entre ellos altos cargos «occidentales».

«Hoy es todo mucho más sencillo», ironiza Ralph, «hoy vivimos en un paraíso que los funcionarios de la Stasi no habrían podido ni soñar, millones y millones de personas cuelgan su vida, su trayectoria y su intimidad en las redes sociales, les dan hecho el trabajo, inconscientes del uso que cualquier organización puede hacer de los datos de su propia vida». Ralph da medio a entender que ha boicoteado la digitalización de la biblioteca escolar y que a menudo destruye la ficha de préstamo de un libro tras su devolución. «¿A quién puede interesarle que conste, que quede registrado por qué libro se ha interesado tal o tal alumno?», resume una forma de pensar sin duda influida por su expediente del archivo de la Stasi, en el que descubrió que su amigo del instituto era un informante, al igual que su primera novia, con la que hubiera querido casarse, y que transcribió conversaciones íntimas sobre sus gustos literarios y su deseo de tener hijos antes de abandonarlo y largarse. El único motivo que se le ocurre por el que la Stasi se interesó tanto en su vida es que «mi madre tenía una hermana que se había quedado en Berlín oeste y le había hecho llegar varias cartas».

Putin, en Dresde

Tras la caída del Muro de Berlín, Ralph se sumó a los grupos cívicos que custodiaron día y noche el edificio del archivo para evitar que los servicios secretos siguieran destruyendo carpetas. Lograron preservar documentos archivados hoy en trece localizaciones diferentes del país que suman 111 kilómetros de estanterías. Aun así, documentos clave como listas de espías y sus identidades, fueron sustraídos. En la sede de Dresde, en 1989, el humilde agente del KGB destinado en esta ciudad, Vladímir Putin, se abrió paso entre el cordón ciudadano a punta de pistola y se llevó varios de esos documentos, tras lo cual volvió a Rusia y reapareció en la vida pública convertido en vicealcalde de San Petersburgo, nada menos.

Muchos documentos fueron destruidos. En el cuartel general de la calle Normannstrasse de Berlín, el frenético trabajo de las trituradoras comenzó la noche del 9 de noviembre y duró hasta los primeros días de 1990, cuando la masa ciudadana invadió el edificio. Las virutas de papel, almacenadas en unos 16.000 sacos, forman un inmenso puzzle que reconstruye actualmente un software creado por el ingeniero Bertram Nickolay, del Instituto Frauenhof de Berlín.

Tras leer el contenido de las cartas, otro operario de la Stasi las cierra cuidadosamente para que lleguen a su destino
Tras leer el contenido de las cartas, otro operario de la Stasi las cierra cuidadosamente para que lleguen a su destino

«Esos papeles sabían más de mí que yo misma», admite la hoy diputada de los Verdes Vera Wollemberger, encarcelada en la RDA por militar en el movimiento por los derechos ciudadanos y que descubrió en su expediente los informes firmados por su propio marido, con el que hasta entonces creía llevar una vida familiar armoniosa junto a sus hijos.

Ante las dudas sobre qué hacer con el almacén de datos, el que fue su primer director y ahora presidente de Alemania, Joachim Gauck, defiende su continuidad: «Esta institución no es solo importante para los afectados y los historiadores, sino también para las generaciones venideras, pueden aprender aquí que la democracia de ninguna forma puede darse por supuesta y los sufrimientos que padecen las personas en un Estado autoritario».

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