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      Wednesday, Feb 26 2020 - 

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Artículos periodísticos

Confieso que pocas veces en mi vida había visto un lugar tan interesante como este. Si lo pienso bien, nunca había estado en un sitio así. La primera noticia sobre su existencia me la dio, con una auténtica cara de perplejidad, mi amigo Juan Carlos Riveros, un bogotano que vive en esas tierras norteamericanas desde hace casi veinte años. Reconozco que mi primera reacción fue de incredulidad. Me lo quedé mirando con cara de regaño porque pensé que se estaba burlando de mí.

Todo lo que les voy a contar sucedió en las recientes fiestas de fin de año, mientras dábamos vueltas de turistas sin oficio por Miami y las monumentales carreteras que se ramifican por la península de la Florida, frente al océano Atlántico, en la punta sureste del mapa de los Estados Unidos, la punta esa que penetra en el agua del mar como si fuera la uña de un pie. De ahí para abajo todo lo que sigue es el Caribe y América Latina.

–El pueblo se llama Ave María –agregó Riveros–. Queda a una hora y cuarenta y cinco minutos de aquí. Cuando quieras vamos hasta allá. Volví a pensar que estaba burlándose y, para hacerlo quedar mal, y para cogerle la caña, como dicen en mi tierra, nos fuimos dos días después.

Íbamos a medio camino entre Miami y la localidad de Naples, un hermoso paraje entre urbano y rural, y marino también, entre los bosques y la playa, tranquilo, lleno de árboles y pájaros, con unos condominios habitados por gentes mayores que ya se han jubilado.

Maria sin tilde

Miro a la derecha y a la vera del camino veo el aviso verde de hojalata. Dice que estamos apenas a diez kilómetros de Ave Maria, con todas sus letras en español, pero sin la tilde, porque no existe en inglés. Solo entonces comprendo que Juan Carlos ha estado hablando en serio desde el principio. Me dan ganas de disculparme.

Es sábado. Llegamos poco después del mediodía. El cielo de diciembre está cubierto por nubes negras y hace frío. Sopla un viento helado. Una gigantesca y hermosa estatua de la Virgen María preside la entrada al pueblo, en la primera esquina, donde hay un campo de golf y dos piscinas para los niños.

En antejardines y porches de las casas hay imágenes de ángeles y santos frente a la puerta principal. A mitad de cuadra encuentro una cafetería y un almacén de muebles al lado de un bar. El hospital es pequeño, de una hermosa arquitectura y pintado de un amarillo radiante.

La madre Teresa de Calcuta

Los nombres de las calles y de otros lugares públicos, que están escritos en las esquinas, no dejan lugar a dudas sobre el espíritu religioso que campea en este lugar: se llaman calle de San Juan Bautista, calle de Juan Pablo II, avenida de los Santos Apóstoles, parque de San José, avenida de la Anunciación.

En medio de la zona comercial encuentro un almacén de ropa cuya vidriera, que mira hacia la calle, está adornada con un retrato enorme de la madre Teresa de Calcuta y una frase suya que dice: ‘La paz comienza con una sonrisa’.

Comienza a llover. Las gotas son muy menudas pero heladas.

Como era de esperarse, lo más impresionante que tiene este pueblo es la iglesia, bella y gigantesca, en la plaza principal, rodeada de agua y árboles. La majestuosa fachada del templo fue construida con 120 toneladas de mármol traídas de Italia. Frente a ella, en medio del parque, en esta época navideña hay un pesebre clásico, con sus pastores y animales de establo. Los pájaros vuelan sobre la cabeza de la gente.

Cómo empezó todo

Todo esto comenzó hace apenas unos cuantos años. La idea fue de un empresario exitoso y célebre en el mundo entero, que había sido criado por las monjas de un orfelinato.

Se llama Tom Monaghan y hoy tiene 83 años. Fue el fundador de una famosa cadena de negocios llamada Domino’s Pizza, con locales en todas partes. Como dato curioso, vale la pena anotar que la primera sucursal internacional que abrió en el mundo fue la de Bogotá, en Colombia.

En el año de 1996, el señor Monaghan, un católico ferviente, tuvo lo que él mismo calificó como una revelación de la Divina Providencia. Hizo saber que Dios le había ordenado que abandonara todos esos negocios mundanos, llenos de ambiciones, soberbia y dinero, y que se dedicara más bien a crear una población nueva en la que solo vivieran personas católicas que se rigieran por las leyes y mandamientos de su religión.

Advirtió, de entrada, que allí estarían prohibidas la planificación familiar, también conocida como control de la natalidad, y la venta de medicamentos anticonceptivos o pornografía. Entonces vendió su cadena de pizzerías y se dedicó día y noche a buscar el sitio apropiado para fundar el pueblo con que soñaba despierto.

Que se dedicara más bien a crear una población nueva en la que solo vivieran personas católicas que se rigieran por las leyes y mandamientos de su religión.

Fundación y polémicas

Finalmente, Monaghan encontró el lugar apropiado en una hacienda pantanosa, al oeste de Miami, que es el mismo lugar donde estamos ahora, dando vueltas por las calles. Se nota que en el pasado fue un pantano porque todavía, en las noches de invierno, los mosquitos andan volando en las afueras del pueblo.

Lo primero que hicieron fue levantar un gigantesco centro de estudios, al que bautizaron como Universidad Ave María, y luego, en el 2007, fundaron la población con el mismo nombre, lo que confirma que apenas va a cumplir los trece años.

La noticia, naturalmente, se regó de inmediato por todos los Estados Unidos. Y, como era de esperarse, se desató la gran polémica. Imagínese usted: la primera ciudad del mundo con requisito religioso, donde solo podían vivir los que fueran católicos, en un país que desde su creación ha sido de mayoría protestante.

Comenzaron los debates y protestas. Muchos dijeron, en foros y seminarios especiales, o en las páginas de la prensa de todo el país, que aquello era una terrible violación de los derechos fundamentales de la gente, como su libertad religiosa y su libertad de conciencia. Se habló mucho de discriminación.

La otra cara

Incluso, algunos estudiosos consideran que se trata de un atropello contra la Constitución de los Estados Unidos, que consagra el derecho a la libertad religiosa. ?

Pero, como todo hay que decirlo, y en periodismo es necesario escuchar a todas las partes implicadas en un suceso, en este momento, doce años después de fundado el pueblo, las autoridades y residentes se defienden afirmando que a los nuevos residentes que llegan ya no les exigen, como al principio, la condición de católicos.

El joven Louis Ridler, dependiente de la librería del pueblo, me dice:

–Son ellos mismos, los nuevos vecinos, los que cumplen esa regla voluntaria y espontáneamente.

En una entrevista con la BBC de Londres, la ciudadana colombiana Verónica Abondano, que vive en Ave María con su esposo y cinco hijos, declaró que ella es católica ferviente, “pero ni yo ni mis vecinos tratamos de imponerles nuestras creencias a los demás”.

¿Se van los católicos?

Y, como una ironía del destino, se ha demostrado que ahora está ocurriendo en el pueblo el fenómeno contrario. Eso es lo que me cuenta, en la puerta de la heladería, un ingeniero de origen cubano que me pide guardar su identidad. Es él quien me dice:

–Muchos habitantes, que estaban aquí desde el primer día, han comenzado a marcharse porque dicen que ya no se cumple la norma y que ellos no pueden convivir con quienes no son católicos. Así es la vida.

Por razones como esas, muchos avemarianos –¿será que ese es el gentilicio?– sostienen que el pueblo ha tomado un rumbo muy distinto al que le trazó su creador.

Las cosas han cambiado mucho desde aquel día de la fundación en que el señor Monaghan dijo, textualmente, que las conductas que contradijeran los postulados de la religión católica quedaban “rotundamente prohibidas”. (En la actualidad, Monaghan es solo un accionista minoritario en el proyecto de Ave María, cuyo verdadero propietario es una empresa urbanizadora).

Lo cierto es que en los tiempos recientes han llegado a vivir en Ave María varias familias que, además de no ser católicas, tampoco son cristianas. Entre ellas están algunos vietnamitas, árabes, chinos y coreanos.

Otro atractivo es que las viviendas de Ave María resultan más grandes y baratas que en toda esa región de la Florida.

Y los resultados

La pregunta que cualquiera se hace es obvia: después de doce años de haberse iniciado aquel experimento, ¿valió la pena hacerlo? ¿Qué es lo que hoy caracteriza a Ave María? ¿Qué lo distingue de otras localidades similares no solo en Estados Unidos, sino en el resto del mundo?

Todo visitante que llega allí, intrigado y lleno de curiosidad, mirando para todas partes, admite que Ave María es un fenómeno singular. Sus índices de delincuencia prácticamente no existen. El desempleo tampoco. Son las cifras más bajas de todo el país.

No hay un solo papelito tirado en la calle, ni una etiqueta de nada. La grama de los sardineles crece pareja, podada y florecida. Se sienten a leguas el orden, la compostura, la disciplina social.

–El pueblo está perfectamente limpio –escribe el periodista Luis Fajardo–. No se ve desorden alguno, la gente camina sonriente y los grupos de niños juegan tranquilamente, sin supervisión, cerca de la plaza.

Epílogo

Las ironías de la vida son así. Cerquita de Ave María, apenas a 14 kilómetros de distancia, queda una de las comunidades más pobres de los Estados Unidos, una pequeña aldea llamada Immokalee. Campea la pobreza, la delincuencia hace de las suyas, las violaciones sexuales de niños son diarias.

Pues bien: por su propia iniciativa, los estudiantes de la Universidad Ave María crearon un grupo especial que cada quince días viaja a Immokalee y lleva comida, medicamentos y ropa.

Se me olvidaba contarles un dato bien importante: en este momento, Ave María está llegando ya a los 30.000 habitantes. ?

¿Será que sigue creciendo la población de otras religiones o volverán a ser solo católicos? Amanecerá y veremos.

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